Zohran Mamdani lleva ocho meses como alcalde de Nueva York y ya se ha convertido en una de las figuras más llamativas de la política estadounidense. Primer alcalde socialista de la ciudad y primer musulmán en ocupar el cargo, el político de 34 años ha construido su discurso alrededor de una preocupación deliberadamente concreta: cuánto cuesta vivir, cuánto cuesta arrendar, cómo se llega al trabajo y qué puede hacer la política para que una ciudad funcione para quienes la sostienen diariamente. En una extensa entrevista con El País Semanal, Mamdani vuelve sobre esa idea y formula una pregunta: “Pero ¿de qué sirve ese valor si las personas no pueden cubrir sus necesidades básicas?”.

La frase adquiere una dimensión mayor cuando se observa el argumento completo del alcalde. Al preguntarle si Donald Trump constituye una amenaza para la democracia estadounidense, Mamdani recurre a Fiorello La Guardia y Franklin Delano Roosevelt para sostener que las democracias no desaparecen únicamente porque las personas dejen de creer en ellas como ideal, sino también cuando una parte significativa de la sociedad queda agotada por la imposibilidad de satisfacer sus necesidades. “Mucha gente trabaja en Nueva York, pero no puede permitirse vivir aquí. Para mí, eso representa una amenaza para la democracia tan grande como cualquier otra, porque la democracia debe tener un significado real para la gente trabajadora”, afirma.

Es probablemente ahí donde reside el aspecto más interesante de la entrevista. Mamdani no presenta el socialismo como una abstracción ideológica ni como una identidad destinada a ordenar el mundo entre buenos y malos. Cuando le preguntan directamente si se considera socialista, responde: “Soy honesto: sí, soy socialista”. Pero inmediatamente desplaza la discusión desde la etiqueta hacia sus efectos: “la mayoría de los neoyorquinos no me preguntan cómo defino mi política, sino si hay espacio para ellos dentro de ella”. Su apuesta consiste en demostrar qué significa esa palabra mediante políticas concretas: congelación de los alquileres regulados, guarderías públicas, transporte más rápido y una red para distribuir alimentos a menor precio.

Ese énfasis material también permite comprender por qué el fenómeno Mamdani excede la administración municipal. Su gestión ha comenzado a inspirar a candidatos progresistas en otras partes de Estados Unidos y ha abierto una discusión dentro del Partido Demócrata sobre el rumbo que debería adoptar después de Trump. Para Mamdani, el problema no consiste simplemente en oponerse al actual gobierno republicano, sino en ofrecer una alternativa reconocible: “Debemos no solo oponernos a esta administración, sino también defender algo. Y ese algo es la clase trabajadora”. Su definición del desafío democrático es, por tanto, menos épica que cotidiana: demostrar que la política puede mejorar las condiciones concretas de existencia.

Hay, además, una paradoja en su propia relación con el poder. Mamdani llegó a la Alcaldía desde una campaña sostenida en voluntarios y movilización de base, y su ascenso ha contribuido a que otros candidatos intenten replicar ese camino. Pero una vez instalado en el cargo ha asumido también una lógica pragmática: se reunió con Trump y explica que su responsabilidad como alcalde es colaborar con cualquiera que tenga capacidad para mejorar la vida de los habitantes de Nueva York. “Soy el alcalde de Nueva York. Eso significa que tengo la responsabilidad de colaborar con cualquier persona que tenga el poder de mejorar la vida de quienes consideran esta ciudad su hogar, y eso incluye al presidente”, sostiene.

La entrevista tampoco oculta las contradicciones. Mamdani enfrenta críticas de la derecha por sus propuestas tributarias y sociales, y cuestionamientos desde sectores de izquierda por mantener intactos algunos elementos de la institucionalidad anterior, incluida la jefatura de la policía. También defiende posiciones controvertidas sobre Israel y Palestina, al mismo tiempo que afirma que su responsabilidad es garantizar la seguridad de los neoyorquinos judíos. Su respuesta es que las diferencias políticas pueden convivir con derechos universales y con una responsabilidad concreta de gobierno.

Cuando se le pregunta por la pérdida de fe en la política provocada por las acusaciones de corrupción contra Trump, responde que las personas llegan a pensar que la política consiste en la autopromoción y no en la solidaridad. Su conclusión es sencilla: “La única manera de recuperar su confianza es ofrecer una forma completamente distinta de hacer política”. Y esa diferencia, en su caso, no se expresa principalmente en un nuevo lenguaje político, sino en la capacidad de cumplir las promesas. De hecho, ante la pregunta de cómo convencer nuevamente a los estadounidenses de votar por los demócratas, su respuesta es de una austeridad casi incómoda: “Cumpliendo con nuestras promesas”.

Y finalmente agrega que “durante demasiado tiempo la política ha parecido un pasatiempo que solo algunos pueden permitirse, cuando en realidad debería ser una herramienta para ayudar a quienes luchan en este país a tener una vida mejor”.

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