El escenario internacional volvió a mostrar durante los últimos días hasta qué punto han crecido las tensiones. Y la posibilidad de una guerra mayor que involucre a más estados se hace cada vez más palpable. Pero lo más inquietante es que esta podría comenzar no necesariamente porque un actor decida iniciarla, sino por un error, un incidente, una mala interpretación o una acción cuya autoría ni siquiera esté completamente clara.
En apenas unos días ocurrieron dos episodios muy distintos entre sí, pero que reflejan precisamente este frágil equilibrio. Primero, un atentado frustrado en Reino Unido contra de instalaciones militares usadas por Estados Unidos en sus operaciones contra Irán. Y el segundo, un falso informe de inteligencia generado por inteligencia artificial que casi provoca un incidente militar entre Estados Unidos y China, solo días antes de la reunión entre Xi Jinping y Donald Trump en Washington.
Ninguno de los dos episodios terminó provocando una escalada mayor, pero ambos muestran cómo el actual sistema internacional acumula cada vez más tensiones y mecanismos capaces de empujar rápidamente una crisis hacia un umbral mucho más peligroso y menos controlables.
El atentado frustrado en Reino Unido: La guerra híbrida y la zona gris
El primero de estos hechos ocurrió durante la madrugada del domingo cerca de la base aéra de la Royal Air Force (RAF) en Fairford, Gloucestershire. Todo se descubrió por azar, cuando una mujer residente de la zona que regresaba a su casa tras una fiesta se encontró con varios hombres encapuchados y tres furgonetas bloqueando una carretera próxima a la instalación militar. Tras alejarse del lugar, alertó a la policía y a vecinos de la zona.

Poco después, agentes armados localizaron y detuvieron a cinco hombres, todos ciudadanos británicos procedentes de Londres y de entre 23 a 25 años. Especialistas del Ejército inspeccionaron los vehículos y encontraron productos químicos y componentes que podrían haber sido utilizados para fabricar explosivos. El Departamento de Guerra de Estados Unidos elevó entonces el nivel de alerta de la base, precisamente porque no se trata de una instalación cualquiera.
RAF Fairford forma parte de la infraestructura utilizada por la Fuerza Aérea estadounidense en Europa. Es usada como plataforma logística y operacional para bombarderos de largo alcance (B- 1B Lancer y B-52, dos de los modelos más importantes en la flota aérea norteamericana) en operaciones relacionadas con Medio Oriente.
La investigación continúa abierta y hasta ahora no existe una atribución definitiva sobre quién estaba detrás del posible ataque. Entre las hipótesis analizadas aparece una eventual vinculación o instigación desde Irán u organizaciones relacionadas, especialmente porque autoridades iraníes habían advertido previamente que las instalaciones europeas utilizadas para ataques contra su territorio podían convertirse en objetivos. También se han considerado otras posibilidades, desde sabotajes relacionados con Rusia hasta motivaciones extremistas independientes.
Incluso, tampoco puede descartarse la posibilidad de acciones autónomas o ataques de “falsa bandera” de un tercer actor, destinados a provocar una reacción política o militar. Pero, más importante que atribuir prematuramente responsabilidades, el episodio permite observar un problema más amplio: en la guerra contemporánea, muchas veces el peligro comienza precisamente en la dificultad de determinar quién actuó, por qué lo hizo y en nombre de quién.
Esta es una de las características fundamentales de lo que se denomina como guerra híbrida. Su lógica consiste en combinar instrumentos militares y no militares para presionar, desgastar o desestabilizar a un adversario sin necesidad de declarar formalmente una guerra. Sabotajes, operaciones clandestinas, ataques informáticos, campañas de desinformación, coerción económica, grupos intermediarios y fuerza militar convencional pueden formar parte de una misma estrategia.
Es también lo que habitualmente se describe como una confrontación en zona gris; acciones suficientemente hostiles para producir presión y daño, pero deliberadamente ambiguas para mantenerse, cuando es posible, bajo el umbral que obligaría al adversario a responder mediante una guerra abierta. Si detrás del episodio de RAF Fairford existiera finalmente participación estatal directa o indirecta, estaríamos precisamente frente a esa lógica, atacar un nodo militar vinculado al conflicto sin necesidad de enviar aviones, misiles o tropas regulares contra territorio británico.
El falso reporte con IA que casi inicia un conflicto entre China y EE.UU: la niebla algorítmica
El segundo episodio introduce una dimensión incluso más compleja, porque allí el riesgo no habría provenido de una operación del adversario, sino del propio sistema estadounidense de procesamiento de inteligencia y la dificultad de controlar las nuevas tecnologías en la guerra.
Un sistema basado en IA combinó información disponible públicamente con datos reservados e inteligencia de señales y concluyó erróneamente que un buque de bandera china transportaba componentes relacionados con un programa nuclear.

El documento circuló por distintos niveles del mando estadounidense y estuvo cerca de provocar una operación para interceptar la embarcación. La acción solamente se habría detenido cuando un alto mando decidió revisar nuevamente el origen del informe y descubrió que la conclusión producida por el sistema era incorrecta. De haberse ejecutado, Estados Unidos podría haber abordado por la fuerza una embarcación china sobre la base de información falsa, generando una crisis directa entre las dos mayores potencias del sistema internacional.
Este episodio incorpora una nueva capa a algo que los estrategas han denominado durante siglos la niebla de la guerra. Tradicionalmente, los errores militares nacieron de información incompleta, engaños del enemigo, malas interpretaciones humanas o decisiones tomadas bajo presión. Ahora, aparece una especie de niebla algorítmica. Sistemas capaces de analizar enormes cantidades de datos en segundos pueden generar conclusiones que parecen técnicamente sofisticadas y convincentes, aunque sean equivocadas.
El verdadero peligro no está solamente en que una inteligencia artificial pueda cometer un error. El problema surge cuando esa conclusión atraviesa rápidamente una estructura burocrática, adquiere apariencia de inteligencia validada, comienza a movilizar recursos militares y deja cada vez menos tiempo disponible para que alguien vuelva a comprobar si la amenaza realmente existe.
Por eso hablar solamente de guerra híbrida comienza a resultar insuficiente para comprender completamente la evolución actual de los conflictos. La guerra híbrida sigue siendo una pieza central, pero ahora forma parte de una transformación más amplia.
La guerra entre multidominio y los frentes interconectados
La guerra moderna se vuelve multidominio porque la confrontación ocurre simultáneamente en tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y en el terreno informativo. Se vuelve distribuida porque ya no participan solamente ejércitos regulares, intervienen grupos armados, organizaciones clandestinas, empresas privadas, compañías tecnológicas, operadores de infraestructura y actores no estatales.
Además, se vuelve crecientemente algorítmica porque una parte cada vez mayor de la vigilancia, la inteligencia, la identificación de objetivos y el procesamiento de amenazas depende de sistemas automatizados.

También cambia aquello que se considera un objetivo estratégico. Ya no se trata exclusivamente de destruir ejércitos o conquistar territorio. Una potencia puede intentar paralizar las comunicaciones del adversario, afectar sus redes eléctricas, bloquear puertos, interferir satélites, alterar sistemas financieros, comprometer centros de datos o atacar cadenas logísticas.
Un golpe relativamente pequeño contra un nodo suficientemente importante puede producir consecuencias estratégicas desproporcionadas. Esto explica también por qué rutas marítimas como Ormuz, Bab al-Mandab o el acceso al Canal de Suez adquieren tanta importancia hoy.
De esta forma, los distintos frentes comienzan a conectarse entre ellos. Esto no significa necesariamente que Ucrania, Medio Oriente, el mar Rojo o la competencia entre Estados Unidos y China formen parte de una única guerra coordinada. Pero sí significa que resulta cada vez más difícil entenderlos como escenarios completamente independientes.
Una decisión militar adoptada sobre Ormuz, modifica el precio de la energía, alterar los cálculos de China y Estados Unidos y conectarse al mismo tiempo con las acciones de otros grupos armados sobre Bab al-Mandab. La guerra funciona cada vez más como un sistema complejo, donde una alteración localizada puede desencadenar consecuencias imprevistas en lugares completamente diferentes y presiona a nuevos actores a mover sus fichas del tablero.
En ese escenario quizá el peligro más inquietante no sea solamente que alguna potencia decida conscientemente cruzar el umbral hacia una guerra mucho mayor, sino que la acumulación de incidentes, errores de atribución, automatización y ambigüedad termine reduciendo poco a poco el espacio disponible para contener una crisis antes de que ya sea demasiado tarde.
La entrada Un mundo al borde: la guerra contemporánea y el peligro de la escalada accidental se publicó primero en Diario y Radio Universidad Chile.




Comentarios