María Paz Duarte tenía seis años cuando el golpe de Estado de 1973 obligó a su familia a buscar protección en la residencia mexicana en Santiago. Ante el peligro que corrían, tuvieron que abandonar el país y comenzar una nueva vida en México, donde María Paz pasó los siguientes 21 años: allí creció, formó vínculos que perduran hasta hoy y enfrentó la pérdida de su hermano. Al regresar a Chile, también debió reconstruir su vida en un país que había cambiado y que ya no sentía del todo propio. Su historia se cruza con la de cientos de chilenos que encontraron acogida en México y con la labor diplomática que hizo posible su salida.

La embajadora de México en Chile, Laura Beatriz Moreno Rodríguez, aborda ese capítulo de la relación entre ambos países y la vigencia de la política de asilo mexicana en conversación con Radio y Diario Universidad de Chile.

Los padres de María Paz Duarte habían participado activamente en la Unidad Popular. Para ella, la política formaba parte de la vida familiar desde la infancia. “Nosotros como hijos siempre tuvimos no solamente una cercanía, sino que también como niños nos sentíamos parte de ese proceso“, recordó. La residencia mexicana en Santiago era un lugar conocido: estudiaba en el colegio St. George y pasaba por sus alrededores durante los trayectos cotidianos. Después del golpe, aquel espacio se convirtió en refugio para quienes temían por su vida y necesitaban salir del país.

María Paz Duarte en 1974. Reportaje en Revistas de Revistas de Excelsior. Foto restaurada.
María Paz Duarte en 1974. Reportaje en La Revista de Revistas de Excelsior. Foto restaurada.

La madre de María Paz llegó a la residencia mexicana un par de días después del golpe de Estado. Allí se reunió con su familia, que encontró protección en un lugar donde, durante esos días, llegaron a convivir más de cien personas, entre ellas unos trece niños. Mientras los adultos esperaban los salvoconductos para salir de Chile, los más pequeños también debieron acostumbrarse a una realidad desconocida: permanecer en una residencia diplomática, compartir los espacios con otras familias y esperar sin saber cuándo podrían marcharse.

“Yo nunca había estado, aparte de asuntos escolares, en un sitio además, viviendo y conviviendo con tanta gente”, recordó Duarte. En el living había un solo televisor, y la residencia se había convertido en un espacio de convivencia forzada para personas que, como ella y su familia, habían visto cambiar sus vidas de un momento a otro.

Entre quienes encontraron protección allí estaba Pedro Vuskovic, economista, exministro del gobierno de Salvador Allende y una de las personalidades más buscadas por la dictadura militar. Para pasar inadvertido, había llegado con el pelo teñido. Duarte lo recordó por su cercanía con los niños: “Jugaba mucho con nosotros. Realmente era el tío Pedro“.

La salida de Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende, y sus hijas fue una de las primeras operaciones de evacuación organizadas por México tras el golpe de Estado. El 11 de septiembre de 1973, después de escuchar el último mensaje de Allende por Radio Magallanes, el embajador mexicano Gonzalo Martínez Corbalá salió a buscar a Bussi para ofrecerle protección diplomática. Ella rechazó inicialmente la propuesta, pero, ante el aumento de la persecución contra quienes habían formado parte del gobierno de la Unidad Popular, terminó aceptándola. El 15 de septiembre viajó a México junto a sus hijas en un avión dispuesto por el Gobierno mexicano.

La primera dama de México, María Esther Zuno de Echeverría, recibe en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a Hortensia Bussi, esposa del fallecido presidente de Chile, Salvador Allende, después del golpe militar. La viuda es acompañada por el embajador de México en Santiago, Chile, Gonzalo Martínez Corbalá. Foto: Gentileza Embajada de México en Chile.
La primera dama de México, María Esther Zuno de Echeverría, recibe en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a Hortensia Bussi. Foto: Gentileza Embajada de México en Chile.

Para la embajadora de México en Chile, Laura Beatriz Moreno Rodríguez, la protección de los perseguidos chilenos tras el golpe de Estado de 1973 fue parte de una política de asilo que México había sostenido durante décadas. Desde los republicanos españoles que llegaron al país en los años 30 hasta el refugio concedido a León Trotsky durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, la diplomacia mexicana había acogido a personas perseguidas por razones políticas. Esa trayectoria continuó durante el siglo XX y se extendió a quienes huían de las dictaduras y los conflictos en Centroamérica.

“México se basa mucho siempre dentro de sus principios de política, el brindar asilo y la defensa de los derechos humanos“, señaló Moreno Rodríguez. La embajadora destacó la responsabilidad de los funcionarios de una misión diplomática durante una crisis como la chilena: “Yo creo que siempre un embajador y el equipo que está trabajando siempre dentro de la embajada tienen un papel fundamental y entre todos ellos yo creo que el sentido humano”.

Luego agregó: “Porque tener sentido humano es poder brindar apoyo a otras personas que están corriendo su vida en momentos coyunturales muy específicos, como en este caso que fue en Chile el golpe a Salvador Allende y a la Unidad Popular”.

Una decisión de Estado y la figura de Martínez Corbalá

En 1974, después de que se emitieran los últimos salvoconductos, México rompió relaciones diplomáticas con Chile. Moreno Rodríguez explicó que la decisión respondió a las violaciones de derechos humanos cometidas bajo la dictadura. “Fue una decisión de Estado“, precisó. “Creo que en ese sentido es mantener la coherencia política de si estamos en contra de la violación, bueno, pues, romper relaciones en aquel momento fue la mejor decisión que se tomó“, sostuvo.

Laura Moreno Rodríguez, embajadora de México en Chile.
Laura Moreno Rodríguez, embajadora de México en Chile.

La ruptura diplomática se mantuvo hasta 1990, cuando Chile y México restablecieron sus relaciones tras el retorno de la democracia. En septiembre de 2023, en el marco de las conmemoraciones por los 50 años del golpe de Estado —en las que participó el entonces presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador—, Moreno Rodríguez fue designada embajadora de México en Chile.

Al referirse a los vínculos entre ambos países, destacó que estos trascienden las diferencias políticas y los cambios de gobierno: “La relación con Chile es con el pueblo chileno siempre, con el pueblo mexicano, independientemente de los sucesos o de los contextos que podamos pasar políticamente hablando”. También subrayó la identificación mutua entre ambas sociedades: “Para nosotros Chile es un país sumamente valioso. Hay una identificación clara con Chile, y bueno, Chile también se ha identificado con nosotros”.

Una figura central de la actuación mexicana tras el golpe de Estado fue Gonzalo Martínez Corbalá, embajador en Chile en aquellos años. Desde ese cargo, encabezó gestiones para proteger a personas perseguidas por la dictadura y facilitar su salida del país. Sin embargo, su trayectoria no ha tenido la misma difusión en Chile que la de otros diplomáticos vinculados a la defensa de los perseguidos políticos. “No mucha gente conoce la figura de nuestro embajador”, advirtió Moreno Rodríguez.

La diplomática trazó un paralelo entre Martínez Corbalá y Gilberto Bosques, reconocido por su labor de protección a republicanos españoles, y planteó la necesidad de profundizar el reconocimiento histórico del exembajador. “Una de las grandes tareas para México y para Chile es un poco darle su espacio en la historia y un poco entender quién era él, cuál era el papel de México”, sostuvo.

Gonzalo Martínez Corbalá, embajador en Chile de México en aquellos años. Foto: gentileza embajada de México en Chile.
Gonzalo Martínez Corbalá, embajador en Chile de México en aquellos años. Foto: gentileza embajada de México en Chile.

Con ese propósito, la embajada impulsó distintas iniciativas para difundir su legado. En 2024, una biblioteca recibió el nombre de Martínez Corbalá y la residencia abrió sus puertas durante el Día del Patrimonio. A estas actividades se sumó el trabajo del Acervo Histórico Diplomático de la Cancillería mexicana, que preparó colecciones documentales sobre el asilo en América del Sur. En 2027 se cumplirán 10 años de la muerte del diplomático, una nueva oportunidad para revisar su trayectoria y la actuación de México frente a las dictaduras latinoamericanas.

Para María Paz Duarte, Martínez Corbalá también formó parte de la memoria familiar. Un día antes de ir a buscarla para trasladarla a la residencia mexicana, el embajador visitó la casa de sus abuelos. “Nos llevó un libro de fotografías de México, y nos dijo para que vean dónde van a vivir“, recordó.

Tras obtener los salvoconductos, a mediados de octubre de 1973, la familia Duarte Rodríguez pudo salir de Chile y emprender el viaje hacia México.

México: una nueva vida y una pérdida irreparable

El avión hizo escala en Panamá y llegó a Ciudad de México durante la noche. Desde el aire, la ciudad apareció como una extensión de luces amarillas que parecía no terminar. “Era una mancha gigante, dorada”, contó Duarte. Santiago le parecía pequeño en comparación. Le llamaron la atención los edificios altos, las autopistas, los automóviles largos y el metro, que todavía no existía en la capital chilena. También la sorprendieron los colores y los aromas. “En México los colores te estallan en la cara“, dijo.

Con el tiempo conoció lugares como Teotihuacán y Mixquic y se acercó a las celebraciones del Día de Muertos. La comida, en cambio, fue una de sus primeras dificultades de adaptación: “Yo debo confesar que ahora soy una enamorada de la comida mexicana, pero el primer año no comí nada, no podía”, recordó. 

Familia Duarte Rodríguez en el exilio. Texcoco, México.
Familia Duarte Rodríguez en el exilio. Texcoco, México.

La familia llegó a México con apenas algunas pertenencias, después de haber dejado atrás su casa y su vida en Chile. Duarte recordó lo poco que lograron llevar consigo: “Mis padres entraron a la embajada con lo que tenían puesto y nosotros pudimos pasar una maletita donde venía un par de zapatos para cada uno de los hermanos y una muda de ropa”.

Tras dos meses en México, sus padres, ambos profesores universitarios, consiguieron trabajo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde continuaron su vida profesional. Años después, Duarte también estudió allí. Sin embargo, la posibilidad de reconstruir sus vidas en el nuevo país no evitó otras pérdidas: el 13 de octubre de 1974, casi un año después de salir de Chile, su hermano mayor murió de cáncer a los 13 años. Tiempo después, la separación de sus padres profundizó la fractura familiar.

Duarte recordó que otras familias exiliadas también atravesaron separaciones y que algunas personas nunca regresaron a Chile. Aunque sus padres pudieron incorporarse al mundo laboral y ella continuó sus estudios, cada familia vivió el exilio de manera distinta y no todas tuvieron las mismas oportunidades para reconstruir sus vidas.

El Gobierno mexicano destinó recursos, a través de la Secretaría de Educación Pública, para financiar la Casa de Chile, un espacio donde los exiliados organizaban actividades solidarias, compartían información y mantenían contacto con la prensa. La iniciativa funcionó hasta el retorno de la democracia y se convirtió en un punto de encuentro para quienes buscaban mantener el vínculo con su país desde el exilio. “Era una especie, por así decirlo, de embajada honoraria donde llegábamos todos los chilenos”, recordó Duarte.

Casa de verano organizado por la Casa de Chile en México.
Casa de verano organizado por la Casa de Chile en México.

Más allá de esas actividades, la Casa de Chile permitió que personas separadas de sus familias construyeran nuevos vínculos en México. “Se crean vínculos de una fortaleza casi a nivel familiar”, explicó Duarte. “Porque además todos estábamos de alguna u otra manera con nuestras familias desperdigadas. Y los núcleos familiares se habían desvanecido, se habían roto. Entonces se crean estas nuevas familias”.

Moreno Rodríguez también se refirió a los efectos de la llegada de personas exiliadas en la sociedad mexicana. “Consideramos que parte de la migración por cualquier tipo de proceso que llega a México permite enriquecer nuestra propia cultura“, sostuvo. En el caso chileno, agregó, los exiliados contribuyeron a universidades y espacios artísticos. La acogida abrió oportunidades para que profesionales, académicos y artistas continuaran sus trayectorias en México.

Volver no significa regresar

Duarte vivió 21 años en México, desde los seis hasta los 27. Cuando regresó a Chile, encontró un país distinto y tuvo que rehacer su vida lejos de las redes personales y profesionales que había construido durante su infancia y juventud. Sus amistades, sus estudios y buena parte de sus vínculos habían quedado en México. “En realidad es un golpetazo”, recordó sobre el regreso. “Tus redes están en otro lugar. Tienes que venir a construir, a construirte, pero también a reconstruirte”, afirmó.

A las dificultades del retorno se sumó una percepción que, según Duarte, se había instalado en Chile: que quienes partieron al exilio habían vivido cómodamente en el extranjero. “Se instaló aquí en Chile una idea de que el exilio era el exilio dorado y que todo mundo fue poco menos que a vivir en jauja y a pasarla chancho, como se dice, y no era así”, sostuvo. Para ella, esa imagen ignoraba las circunstancias que obligaron a muchas familias a abandonar el país. Su propia historia estuvo marcada por el peligro que corría su madre, quien figuraba entre las personas perseguidas en los primeros bandos de la Junta Militar. “Si no se asila, yo sería una huérfana”, afirmó.

María Paz Rodríguez Duarte en la actualidad.
María Paz Rodríguez Duarte en la actualidad.

El regreso tampoco significó el fin del desarraigo. Algunas personas que volvieron, especialmente quienes habían partido durante la infancia o la adolescencia, terminaron marchándose nuevamente al no encontrar trabajo, redes de apoyo o un lugar en el que sentirse parte. Su padre también intentó regresar durante algunos periodos, pero no logró encontrar un espacio estable en el mundo universitario chileno. Para Duarte, el exilio no es una experiencia que termine necesariamente con el retorno. “Eso no se acaba, es un proceso, es algo continuo”, explicó. “Uno va como siempre navegando… entre estas dos tierras, entre estas dos aguas”, añadió.

Desde la perspectiva institucional, Moreno Rodríguez destacó la importancia de mantener viva la memoria no solo como un ejercicio de recuerdo, sino también como una forma de comprender el pasado y evitar que se repitan sus consecuencias. “El tema de la memoria lo utilizamos no solamente para recordar, sino hacer un balance crítico de por qué suceden esas cosas y cuál sería el mecanismo de no pasar, que no vuelva a pasar”, planteó. “Entender que la memoria no es solamente el pasado, sino que a partir de ese pasado estamos reconstruyendo el presente y miramos un poco hacia el futuro”, señaló.

La embajada ha organizado exposiciones y actividades patrimoniales sobre la historia compartida entre México y Chile. Algunas de estas muestras también llegaron a regiones del sur del país. Al referirse a la política de asilo mexicana, Moreno Rodríguez explicó que su alcance va más allá de la experiencia de las dictaduras latinoamericanas: “No es el tema de las dictaduras, sino cualquier conflicto político que alguna persona solicita apoyo a México”, afirmó. Sobre la importancia de sostener esa política, añadió: “Entonces yo creo que esa congruencia de mantenerla hoy más que nunca es fundamental para nosotros”.

Laura Moreno Rodríguez, embajadora de México en Chile.
Laura Moreno Rodríguez, embajadora de México en Chile.

Duarte manifestó preocupación por los discursos negacionistas y revisionistas sobre las dictaduras y las violaciones de derechos humanos, y por la forma en que han permeado entre las nuevas generaciones. “Me produce una desazón enorme”, reconoció. Al dimensionar el alcance que ha adquirido este fenómeno, añadió: “Yo te podría decir que en todo lo que llevo de vida sobre este planeta es la primera vez que lo veo de una manera tan, pero tan, tan fuerte”. Ante este escenario, planteó que “ahí lo único que queda por hacer es hablar e invitar a la lectura, a la revisión de la historia”.

El vínculo de Duarte con México se hizo evidente cuando llevó por primera vez a su hija a ese país. La niña tenía seis años y escuchaba a su madre responder las preguntas de una funcionaria en el control migratorio del aeropuerto mexicano. Después, se volvió hacia ella y le dijo: “Mami, aquí todos hablan igual que tú”.

Al hablar de lo que México significa para ella, Duarte señaló: “Es la mitad, es la mitad de mi vida, la mitad de mi sangre. Tengo más familia en México en este momento que aquí en Chile”. Y concluyó: “Me siento tan mexicana como el que más. Sin embargo, también soy muy chilena. Creo que viéndolo de un lado positivo, gané una nacionalidad”.

La entrada “Reconstruimos el presente y miramos hacia el futuro”: las huellas del exilio chileno en México se publicó primero en Diario y Radio Universidad Chile.