En Chile, la “soledad no deseada” dejó de ser un hecho aislado para transformarse en un desafío social y sanitario que demanda respuestas. Según datos entregados por el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, el 49,2% de las personas mayores declaró experimentar soledad no deseada, mientras que un 55,5% presentó alto riesgo de aislamiento social.

Cifras que adquieren un mayor impacto en un país que envejece aceleradamente y donde las redes familiares, condiciones económicas, e incluso posibilidades de participación comunitaria no son iguales para todos. Según el Censo de Población y Vivienda 2024, en el país residen más de 3 millones de personas de 60 años o más, equivalente a un 19,8% de la población del país.

Para Esteban Gómez, director ejecutivo de la Fundación Amanoz, en diálogo con Radio y Diario Universidad de Chile, el punto de partida del diagnóstico es comprender que vivir acompañado no significa necesariamente sentirse acompañado.

“Chile es un país con un envejecimiento muy acelerado, por encima de la región. Estamos hablando de una población de más de tres millones y medio de personas que están en este grupo etario y, efectivamente, hay un porcentaje importante de ellas que percibe la soledad, que se siente sola y que, en algún momento del día, encuentra que le hace falta alguien con quien conversar, con quien compartir sus realidades cotidianas o intercambiar experiencias”, planteó.

La distinción entre la soledad no deseada y el aislamiento social, aunque pueden coexistir, también es abordada por los datos del observatorio UC. El informe identificó que un 28% de las personas mayores cuenta con apenas una o dos personas cercanas en su red, lo que aumenta su vulnerabilidad frente a la falta de apoyo.

 

“Al ser algo abstracto, la soledad termina reduciéndose a la percepción de si la persona vive sola o no vive sola, o si físicamente está aislada. Eso nos puede llevar a tener una visión totalmente errada, porque esta percepción es invisible, es muy personal y puede generar consecuencias muy complicadas para la salud mental”, explicó Gómez.

Desigualdad económica y territorial

Este fenómeno en Chile tampoco se distribuye de manera uniforme. Factores como las condiciones económicas, el acceso a servicios y las vivencias en comunidad pueden profundizar las dificultades para mantener vínculos sociales durante la vejez.

En ese contexto, pensiones, gastos médicos y disponibilidad de espacios comunitarios son algunos de los elementos que detectan desde Fundación Amanoz como parte de un problema más amplio. 

“Si hablamos de un contexto mucho más positivo a nivel de las pensiones, de mejores pensiones, evidentemente eso acarrea por defecto una mejor calidad de vida en todos los aspectos para las personas mayores. La disponibilidad económica que tenga una persona mayor impacta en su bienestar y en su calidad de vida. Una mayor disponibilidad de recursos también puede generar participación y esparcimiento, que van de la mano con el bienestar”, recalcó Gómez.

Adultos mayores. Diego Martin/Aton Chile.

También apuntó a la necesidad de prepararse para la vejez y de contar con proyectos de vida que permitan mantener intereses, actividades y relaciones más allá de la etapa laboral.

“Si ya teníamos limitaciones o carencias a nivel educacional, de salud o económicas, evidentemente todo esto se puede agudizar en un contexto de envejecimiento. La preparación tiene que darse desde todos los frentes, tanto desde los factores que se pueden manejar como desde aquellos que no dependen exclusivamente de uno. También importa qué proyecto de vida tengo para mi vejez”, señaló.

Las diferencias territoriales añaden otra barrera. Gómez explicó que, en las regiones, la movilidad de las generaciones jóvenes en busca de oportunidades laborales y educacionales puede debilitar los vínculos familiares entre quienes permanecen en sus ciudades de origen y quienes se trasladan. Las grandes distancias del país hacen más difícil mantener el contacto cotidiano y construir redes de apoyo estables.

A ello se suma la falta de conectividad. “Uno de los factores principales es la oferta. Hay comunas que no necesariamente tienen una oferta para las personas mayores o tienen una oferta escasa. Pero también puede ocurrir que exista una oferta y no haya transporte público que conecte con esos lugares. Entonces, el aislamiento social se evidencia porque hay actividades, pero no es fácil llegar hasta ellas. Estoy hablando incluso de personas autovalentes que necesitan disponer de recursos para un transporte privado porque no hay conectividad”, comentó.

Imagen referencial vejez. Sebastian Cisternas/ Aton Chile.

El impacto sanitario

La dimensión sanitaria es otro de los motivos por los que la soledad no deseada comienza a instalarse en el debate público. Un estudio publicado en febrero de 2026 en la revista Open Journal of Social Sciences, elaborado a partir de datos de 6.755 personas de 60 años o más de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud 2023/2024, encontró una asociación significativa entre el aislamiento social, los sentimientos de soledad y una peor percepción del propio estado de salud.

Según los resultados, el 30,4% de los participantes presentaba aislamiento social y el 23,4% reportaba sentimientos de soledad. Entre quienes calificaban su salud como mala o muy mala, el 45% estaba socialmente aislado y el 37% experimentaba soledad, proporciones superiores a las observadas entre quienes percibían su salud como buena o muy buena. El estudio también identificó diferencias por sexo: el aislamiento era más frecuente en hombres, mientras que la soledad afectaba en mayor medida a las mujeres.

El informe de la UC, por su parte, recoge evidencia de la Organización Mundial de la Salud que vincula la soledad y el aislamiento con un mayor riesgo de demencia, enfermedades cardiovasculares y muerte prematura.

Gómez advierte que, cuando la soledad se prolonga, puede afectar la motivación para participar en el entorno, interactuar con otras personas y mantener una actividad cognitiva regular. “Si yo no me siento motivado por el contexto, por el entorno, por vincularme, porque todo eso finalmente es activación cognitiva, y no estoy participando ni interactuando con otro, el envejecimiento abre las puertas a un deterioro cognitivo. Es un factor de riesgo para desarrollar una demencia y también representa un riesgo importante a nivel cardiológico”, sostuvo.

El ejecutivo agrega que la evidencia también vincula la soledad persistente con problemas de salud mental, incluidos cuadros depresivos y riesgo suicida. Por eso, plantea que el desafío no debe limitarse a tratar las enfermedades una vez que aparecen, sino que debe considerar las condiciones sociales que pueden contribuir a su desarrollo.

Referencial adulto mayor en soledad. Jonnathan Oyarzun/Aton Chile.

“Lo deseable sería trabajar más en la prevención que en la atención de la problemática. La soledad como tal no es un problema sanitario que se pueda abordar únicamente desde el sistema de salud, pero sí lo son las consecuencias que van apareciendo, los síntomas y las patologías que se evidencian cuando la soledad se hace sostenida en el tiempo”, explicó.

La presión también puede trasladarse a la gestión hospitalaria. Gómez señala que existen personas mayores que están en condiciones clínicas de recibir el alta, pero cuya salida se retrasa por la falta de familiares, cuidadores o responsables que puedan apoyarlas una vez que abandonen el establecimiento.

“Finalmente se termina perpetuando su permanencia en una cama que debería liberarse para estar disponible para otra persona. Eso evidentemente tiene costos a nivel sanitario, y ahí estamos hablando de aislamiento social desde la familia, de un no hacerse cargo y de soledad”, indicó.

La respuesta del Estado

La discusión sobre la soledad no deseada también ha comenzado a abrirse espacio en el ámbito legislativo. La preocupación no se limita a las personas mayores: el 12.º Termómetro de Salud Mental Achs-UC, cuyos resultados fueron publicados en octubre de 2026, registró que un 21,9% de la población adulta urbana declaraba altos niveles de soledad, la cifra más elevada de esa medición desde 2021.

En este contexto, Fundación Amanoz es uno de los actores que forman parte de la denominada Bancada de la Soledad, una instancia transversal del Congreso Nacional que busca visibilizar el problema y promover medidas para enfrentarlo. Para Gómez, el primer paso es reconocer que la soledad no deseada tiene implicancias colectivas y que sus consecuencias no pueden quedar exclusivamente en manos de las familias o de las propias personas afectadas.

 

“Al momento en que las consecuencias de la soledad generan costos para el país y para el Estado, que debe atender sus efectos a nivel sanitario, evidentemente estamos frente a un problema que hay que prevenir con políticas públicas. Lo que necesitamos son programas cuyo foco esté puesto en la soledad de las personas, porque actualmente existen iniciativas que abordan otras problemáticas y que, de manera indirecta, pueden mejorar el aislamiento, pero no tienen como objetivo inicial resolverlo”, argumentó.

El desafío para Chile, por tanto, no consiste únicamente en reconocer que casi una de cada dos personas mayores declara sentirse sola, sino en traducir ese diagnóstico en una respuesta sostenida. Para Gómez, la prevención, la participación comunitaria, la conectividad territorial y el compromiso institucional deben formar parte de una estrategia que permita que envejecer no implique perder los espacios de encuentro y las relaciones significativas.

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