Mientras la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas concentra esta semana buena parte de la discusión en las guerras, la competencia entre grandes potencias, la inteligencia artificial y la reforma del propio organismo, otra arista también se hizo visible desde Nueva York. Estados Unidos está reconstruyendo de manera explícita su presencia política, económica, militar y estratégica sobre el hemisferio occidental.
El presidente estadounidense, Donald Trump, lo dejó claro en su discurso ante la Asamblea General cuando defendió las operaciones desarrolladas por su gobierno en Venezuela, comparó a los carteles del narcotráfico con el Estado Islámico y aseguró que Washington está dispuesto a utilizar su poder militar para impedir que amenazas contra sus intereses ganen terreno dentro del continente.
La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense publicada a fines de 2025 contiene el apartado denominado “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”. En aquel documento dejan en claro que la misión de la Casa Blanca es recuperar su “preeminencia” en el hemisferio occidental, garantizar el acceso estadounidense a geografías estratégicas e impedir que competidores externos controlen activos considerados vitales. El documento conecta explícitamente esta prioridad con las cadenas de suministro, los minerales críticos, la migración, los carteles y la presencia de potencias extrarregionales.

El argumento con el cuál han construido y conectedo buena parte de esta política es el denominado “narcoterrorismo”. Desde enero de 2025, Washignton sostiene que determinadas organizaciones criminales ya no representan solamente un problema policial. Una orden presidencial afirmó que algunos carteles poseen características propias de estructuras insurgentes, desarrollan formas de guerra asimétrica e incluso penetran instituciones estatales.
El cambio puede parecer semántico, pero tiene consecuencias importantes. Si el narcotráfico se entiende como delincuencia, las herramientas principales son policías, tribunales, inteligencia financiera y cooperación judicial. Si pasa a definirse como terrorismo y amenaza a la seguridad nacional, el vocabulario comienza a incluir enemigos, defensa y capacidades militares.
El mapa de intervenciones estadounidenses en América Latina
Los hechos permiten observar que esta nueva política no es solo rétorica. En Honduras, Trump respaldó públicamente a Nasry Asfura durante las últimas elecciones y vinculó la ayuda estadounidense con su desempeño electoral. Tiempo después estalló el Hondurasgate. En Colombia, apoyó a Abelardo de la Espriella antes de la segunda vuelta y comprometió ayudas o sanciones dependiendo de los resultados. En Argentina, Washington otorgó un respaldo financiero extraordinario al gobierno de Javier Milei antes de las legislativas. En Brasil, utilizó aranceles y sanciones en medio de disputas políticas y judiciales, y ahora de cara a las elecciones vuelven a aparecer las solicitudes de intervención de la oposición brasilera. En Panamá, presionó para reducir la presencia empresarial vinculada a China alrededor del Canal. En México, exige una ofensiva mayor contra los carteles. Y ahora el último cápitulo con Groenlandia, que aunque no forma parte de América Latina, amplió de manera considerable su presencia militar como parte de esta misma concepción estratégica del hemisferio occidental.
Venezuela y Cuba, son dos cápitulos aparte. La accción en estos países ha sido directamente a la fuerza militar y la coerción ecónomica. En Venezuela, no solo secuestro al hasta entonces presidente Nicolás Maduro, sino que luego dejó a su seguidora, Delcy Rodríguez a cargo del país bajo tutelaje, se ha jactado de quedase con su petróleo y más de alguna vez se ha burlado llamando al país el “estado 51”. Esta semana, la propia Rodríguez llegó a Nueva York para mantener reuniones con organismos internacionales y representantes estadounidenses sobre la reconstrucción económica venezolana y nuevos proyectos energéticos.

En Cuba, la combinación de presión económica con bloqueos al sector energético y la política agresiva se suma a un componente militar siempre presente. Desde la caída de Maduro y el intenso bloqueo la isla está sumida en una de sus mayores crisis energéticas de su historia que se ha sostenido con la acelerada migración a los paneles solares donados por China.
La incosistencia argumental de Washington
Una de las contradicciones más significativas de la narrativa estadounidense es justamente su principal argumento; el narcotráfico. Este había ocupado un lugar central en las acusaciones contra el gobierno de Maduro y en la justificación política de una mayor presión sobre Venezuela. Sin embargo, apenas meses después de la operación, Washington retiró al país de la categoría de gobiernos que habían “fallado manifiestamente” en el cumplimiento de sus obligaciones antidrogas y comenzó a presentar a las nuevas autoridades venezolanas como socios para combatir el narcotráfico.
Panamá permite observar otra dimensión de esta estrategia, el control de rutas e infraestructura. Desde comienzos del segundo mandato de Trump, Washington convirtió la presencia China alrededor del canal en una cuestión de seguridad nacional. El secretario de estado, Marco Rubio llevó directamente esa preocupación al gobierno panameño y presionó para limitar posiciones empresariales chinas o hongkonesas en sectores vinculados a puertos, logística y telecomunicaciones. La presión estadounidense dejó en evidencia que Washington considera esta vía como un activo estratégico cuya arquitectura económica también forma parte de la competencia entre potencias.
La misma lógica se vuelve todavía más evidente en Groenlandia. El acuerdo alcanzado este mes entre Estados Unidos, Dinamarca y las autoridades groenlandesas amplió de manera indefinida los derechos de acceso y presencia militar estadounidense y busca impedir que países considerados adversarios instalen bases o realicen inversiones en sectores estrategicos. Aquí y al igual que con Panamá ya no existe ningún vínculo con el narcotráfico. Lo que hay detrás es posición militar, Ártico, rutas marítimas, recursos estratégicos y exclusión de competidores.
Escudo de las Américas: una intervención híbrida
Pero Washington tampoco pretende construir esta arquitectura completamente solo. Esta semana volvió a reunirse el denominado Escudo de las Américas, integrado por 17 países, entre ellos Chile. La declaración suscrita en Nueva York establece tres grandes pilares; seguridad, economía y coordinación multilateral. Incluye intercambio de información, sanciones financieras contra organizaciones criminales, cooperación de seguridad, protección de cadenas de suministro de minerales críticos y normas para proveedores de infraestructura digital. Chile formalizó además su incorporación a la iniciativa y destacó el acceso a inteligencia, herramientas de análisis y coordinación regional contra el crimen organizado.

Ese punto introduce una diferencia importante respecto de las imágenes más tradicionales del intervencionismo estadounidense en América Latina. No se trata solamente de Estados Unidos actuando unilateralmente sobre la región. Existen gobiernos latinoamericanos que consideran al crimen organizado transnacional una amenaza prioritaria y que buscan activamente una cooperación mayor con Washington. Otros, como el presidente brasileño, Lula da Silva cuestionan que esa cooperación pueda derivar hacia una relación jerárquica en la cual Estados Unidos determine qué organizaciones constituyen amenazas, qué instrumentos deben emplearse y hasta dónde puede llegar la presencia militar.
Por eso quizá resulta más preciso hablar de una intervención hemisférica híbrida que simplemente de un retorno al intervencionismo estadounidense del siglo XX. Dependiendo del país, Washington combina instrumentos militares, financieros, comerciales, diplomáticos, tecnológicos y de inteligencia. Puede respaldar públicamente a un candidato, abrir una línea financiera extraordinaria, imponer aranceles, sancionar autoridades, negociar acceso a minerales, presionar sobre infraestructura estratégica o emplear directamente fuerza militar. No todos esos instrumentos tienen la misma gravedad ni constituyen jurídicamente la misma forma de intervención, pero observados en conjunto muestran una política estadounidense mucho más activa para reconstruir su primacía dentro del hemisferio.
Esa es probablemente la dimensión más importante de lo ocurrido esta semana en Naciones Unidas. Detrás de la discusión sobre carteles y narcotráfico aparece una de las transformación del nuevo orden internacional. El regreso de las esferas de influencia como principio cada vez más explícito de la competencia entre grandes potencias, en una cada vez más marcada globalización por bloques.
Es justamente aquí donde el “narcoterrorismo” se encuentra con la dimensión geopolítica de la Doctrina Donroe y donde una política presentada inicialmente como respuesta al crimen organizado termina justificando una dimensión mucho mayor de los intereses estadounidenses la reorganización geopolítica del hemisferio occidental.
La entrada Más allá del “narcoterrorismo”: cómo EE.UU. busca reconstruir su primacía en el hemisferio se publicó primero en Diario y Radio Universidad Chile.






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