Alemania enfrenta uno de los mayores terremotos políticos desde la reunificación del país a inicios de los 90. Las últimas elecciones regionales dejaron al descubierto que el avance de la ultraderecha no es algo puntual, sino que está empujando con fuerza el debilitamiento de los partidos tradicionales, la Unión Demócrata Cristiana (CDU/CSU) y a la Socialdemocracia (SPD), que durante años gobernó al país germano.
Las persistentes, pero diversas razones del descontento de la sociedad frente a un sistema político incapaz de cumplir sus promesas mantienen en la cuerda floja al canciller y líder de la CDU, Friedrich Merz.
Además, los resultados abren una incógnita que supera las fronteras germanas: qué ocurre con Europa si su principal potencia económica comienza a cuestionar internamente los consensos sobre Rusia, Ucrania, la OTAN y la propia integración europea.

El avance de Alternativa para Alemania (AfD) en el este, junto con el crecimiento de Die Linke en Berlín, contrastan con el vertiginoso desplome de la CDU y una SPD que también cae, pero que emerge como el bloque capaz de entregar gobernabilidad ante el avance de los polos.
En pocos días aparecieron resultados que hace una década habrían parecido extraordinarios. AfD obtuvo cerca del 44% en Sajonia-Anhalt y el pasado domingo el 38,2% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, y quedó primera en ambos estados. En este último, la CDU consiguió apenas un 4,9% y quedó fuera del parlamento regional por primera vez en su historia, además de ser su peor resultado desde la fundación del partido.
Mientras tanto, en Berlín ocurrió algo distinto. Die Linke, el partido de izquierda poscomunista alcanzó el primer lugar con más del 25% de los votos, superando a la CDU. Al mismo tiempo, AfD obtuvo alrededor del 16%, su mejor resultado histórico en la capital. El antiguo mapa dominado por democratacristianos y socialdemócratas aparece así cada vez más fragmentado.
Estas elecciones tienen un peso muy relevante en la gobernabilidad de Alemania. Los Länder alemanes son los estados federados y cuentan con parlamentos, gobiernos, constituciones y amplias competencias propias en materias que afectan directamente la vida cotidiana.
En Sajonia-Anhalt, por ejemplo, AfD obtuvo 39 de los 83 diputados y quedó apenas a tres de la mayoría absoluta. Las demás fuerzas todavía reúnen suficientes escaños para impedir que gobierne, pero deben coordinar partidos con profundas diferencias entre ellos. AfD puede quedar fuera del ejecutivo, pero ya posee suficiente poder parlamentario para convertir la formación de cualquier gobierno alternativo en una operación política extraordinariamente compleja.
Merz en la rampa de salida
El principal golpe recae sobre Friedrich Merz. El líder democratacristiano llegó a la Cancillería el 6 de mayo de 2025 después de ganar unas elecciones federales en las que prometió superar el estancamiento del gobierno anterior encabezado por el socialdemócrata, Olaf Scholz.
Merz ofreció recuperar el crecimiento económico, reforzar militarmente al país, endurecer la política migratoria y, especialmente, recuperar para la democracia cristiana a los electores conservadores que habían migrado hacia AfD. El problema es que su promesa desapareció justo después de su victoria. La fragmentación del Bundestag, el parlamento y la negativa a gobernar con AfD obligaron a Merz a formar una coalición precisamente con el SPD.

Esa contradicción persigue desde entonces al canciller. Merz necesita al SPD para mantenerse en el poder, pero al mismo tiempo necesita diferenciarse de los socialdemócratas para demostrar a sus votantes que el cambio prometido frente al ciclo de Scholz realmente ocurrió.
16 meses después, las señales son particularmente negativas. El último sondeo de Forsa mostró apenas un 10% de satisfacción con su desempeño frente a un 88% de insatisfacción. Incluso entre simpatizantes de CDU y CSU, la mayoría se declaró descontenta con su gestión.
Parte del problema proviene de la distancia entre las expectativas creadas y los resultados percibidos. La CDU prometió reducir impuestos empresariales, abaratar la energía, disminuir la burocracia, acelerar inversiones y recuperar la competitividad industrial. El gobierno ha aprobado reformas y movilizado grandes recursos para infraestructura, pero Alemania continúa enfrentando dificultades de crecimiento, altos costos energéticos y presión sobre un modelo industrial fuertemente exportador. A ello se suman las controversias provocadas por el estilo comunicacional de Merz y las dificultades para compatibilizar su programa económico con las posiciones sociales y presupuestarias del SPD.
La segunda gran apuesta fue reforzar militarmente Alemania y consolidarla como uno de los pilares de la defensa europea. La tercera fue endurecer la política migratoria, precisamente intentando quitarle terreno a AfD.
Merz había defendido durante años que una CDU con un perfil conservador más claro podía recuperar electores que habían abandonado el partido por la derecha. Sin embargo, AfD no solamente siguió creciendo, sino que alcanzó alrededor del 44% en Sajonia-Anhalt y volvió a ganar en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, mientras la CDU sufrió allí una derrota histórica.

La geografías del descontento
Pero reducir todo este fenómeno a un desplazamiento ideológico hacia la derecha tampoco permite entender lo que está ocurriendo. El nuevo mapa alemán parece expresar distintas geografías del descontento.
En buena parte del este rural, AfD recoge una percepción territorial de postergación que todavía conserva elementos de la reunificación. Persisten diferencias importantes de patrimonio, inversión empresarial, población activa y oportunidades entre el este y el oeste. En Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania, además, existe un fuerte desencanto con los gobiernos regionales y federal. AfD consigue así combinar inmigración y seguridad con demandas relacionadas con economía, protección social y sensación de abandono político.
En Berlín, Die Linke está canalizando una frustración diferente. Allí no se trata principalmente del estancamiento de antiguas regiones industriales, sino de las tensiones producidas por una ciudad económicamente dinámica, pero cada vez más cara. Cerca del 85% de los hogares vive en arriendo, los precios ofertados prácticamente se duplicaron desde 2014 y la escasez de vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas urbanos. Die Linke obtuvo sus mejores resultados precisamente entre jóvenes y adultos menores de 35 años, sectores particularmente afectados por alquileres, precariedad y costo de vida.
AfD canaliza entonces con mayor fuerza un malestar territorial y periférico; Die Linke, uno urbano y generacional.

En medio de esta fragmentación aparece la paradoja del SPD. Los socialdemócratas continúan perdiendo votos y parte de su antigua base social, pero mantienen una enorme capacidad para construir gobiernos. El SPD sostiene actualmente la coalición federal de Merz; en Mecklemburgo-Pomerania puede continuar encabezando el gobierno mediante una alianza con Die Linke y los Verdes, y en Berlín sigue siendo necesario para distintas fórmulas de mayoría. El SPD pierde hegemonía electoral, pero conserva centralidad institucional.
Una alerta para la Unión Europea en un momento de máxima tensión
AfD no está creciendo en un estado periférico, sino en Alemania, la mayor economía de la Unión Europea y uno de los principales pilares de la política continental hacia Rusia, Ucrania y la OTAN. Su programa propone normalizar las relaciones comerciales con Rusia, mantener a Ucrania fuera tanto de la OTAN como de la Unión Europea, además de reparar los gasoductos Nord Stream y también cuestiona abiertamente la arquitectura comunitaria actual, plantea una Europa donde los estados recuperen amplias competencias hoy delegadas en Bruselas.
Aquello entra en contradicción directa con buena parte de la estrategia seguida por Alemania y la Unión Europea desde la invasión rusa de Ucrania. Bruselas ha acumulado paquetes de sanciones, intenta reducir estructuralmente su dependencia energética de Moscú y busca aumentar sus capacidades militares ante una relación transatlántica cada vez más incierta.
AfD propone prácticamente la dirección contraria, recuperar relaciones económicas con Rusia y revisar el grado de integración europea.

Por ahora no participa del gobierno federal y las victorias regionales no modifican directamente la política exterior alemana. Pero sí convierten en asuntos de competencia electoral temas que durante décadas estuvieron protegidos por un consenso relativamente amplio.
Ahí se encuentra probablemente la dimensión más importante de estos resultados. El debilitamiento de Friedrich Merz no solamente pone en problemas a un canciller o a la CDU. Debilita a uno de los gobiernos que sostienen la actual estrategia europea frente a Rusia, Ucrania y la defensa continental, mientras fortalece a una fuerza que cuestiona varios de esos pilares.
Alemania todavía no enfrenta una ruptura total de su política europea, pero sí el terremoto político amenaza con desarmar internamente las concepciones sobre las cuál construyo su relación con Moscú, cuánto poder debe conservar Bruselas y qué papel debe asumir Berlín en la arquitectura occidental. Cuando esas preguntas empiezan a disputarse electoralmente en Alemania, dejan de ser solamente preguntas alemanas, pasan a ser también preguntas sobre el futuro político de Europa.
La entrada AfD y Die Linke erosionan el centro político de Alemania: el terremoto que pone en alerta a la UE se publicó primero en Diario y Radio Universidad Chile.




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